domingo, 31 de mayo de 2015

En busca del señor Kurtz: Léon Rom, retrato de un asesino

Una de las obras más desasosegantes, crudas y espeluznantes jamás escrita es, sin duda, El corazón de las tinieblas. 

El ya mítico periplo de un joven empleado de una compañía colonial, el señor Marlowe (trasunto del propio autor, Joseph Conrad), por un río (el Congo), que se asemeja a un viaje a los infiernos en busca de un valioso miembro de la compañía, el señor Kurtz, perdido en el puesto más alejado del emporio nos conduce al África colonial, escenario de una guerra comercial entre los imperios europeos y de un expolio, cruel y calculado, de los recursos naturales.

En el caso del Congo la riqueza natural era el caucho y el ocupante (eufemísticamente llamado protector) no era un estado europeo sino un hombre, a todos los efectos el dueño del país irónicamente llamado Estado Libre del Congo, Leopoldo II rey de los belgas.


Joseph Conrad
Conrad, patrón de una lancha de cabotaje en el río Congo en la última década del siglo XIX, contempló con sus propios ojos la depredación de que fue objeto el territorio y de esa experiencia nació la inmortal y trágica búsqueda de Kurtz, el pintor, poeta, periodista; avanzadilla de la civilización y apóstol de la erradicación de los comportamientos bárbaros. El mismo que, para refrendar sus tesis, recomendaba Exterminar a todos los salvajes y, acaso imbuido de la misma brutalidad contra la que combatía, decoraba las inmediaciones de su residencia con cabezas cortadas.

Pero Kurtz no es un personaje ficticio. Muy al contrario, está construido a base de retales de muchos hombres: aventureros, arribistas, ambiciosos, crueles... Hombres que buscaron fortuna en África y la hallaron, aunque fuese a base de hacer aflorar al criminal que llevaban dentro.

Y según Adam Hochschild, autor del mejor estudio sobre la explotación del Congo, El fantasma del Rey Leopoldo, un más que probable trasunto de Kurtz es Léon Rom.

 
Léon Rom, el auténtico señor Kurtz
Un típico producto de la Era del Imperio, de orígenes humildes, nació en Mons (Bélgica) en 1859. Ingresó muy joven en el ejército y con 25 años, y dadas las perspectivas que ofrecía el servicio en las colonias, ya se encontraba sirviendo en la Force Publique, la gendarmería militar que hacía las veces de tropa de ocupación en el reino africano de Leopoldo II.


Responsable del estratégico distrito de Matadi, de importancia vital pues enlazaba por ferrocarril la costa con la capital de la colonia, Léopoldville, Rom dirigió su administración con mano de hierro. Y su afición a la entomología no podía ocultar las cabezas de negro que, a modo de parterres, decoraban la entrada a su residencia ni el patíbulo que, de forma permanente, se erigía junto a la misma recordando a los nativos tanto quién era quien mandaba como los beneficios de la protección del rey Leopoldo.


La acción de Rom, y de otros como él, contribuyó a enriquecer a Leopoldo II y, coyunturalmente al estado belga, al precio de miles de muertes al año en las inhumanas explotaciones caucheras. Muertes que no tuvieron castigo pues Rom, por ejemplo, fallecería de causas naturales en Bruselas en 1924 tal vez añorando la época en que tenía derechos de vida y muerte sobre unas personas que nunca llegaron a saber para qué servía el caucho.

Mas si Rom es hoy un desconocido no lo es su imagen literaria, Kurtz, que continua estremeciendo a quienes se aventuran por el corazón de las tinieblas en busca de... El Horror.


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