sábado, 12 de noviembre de 2011

LAS AVENTURAS DE ISABEL II: Las guerras de prestigio de España

En la Era del Imperio fue muy frecuente que grandes potencias se embarcasen en conflictos periféricos con países de los que posteriormente se denominarían Tercer Mundo o, también, en territorios susceptibles de caer bajo la égida de aquellas bien como colonias, protectorados o zonas de influencia.

Este tipo de contiendas, generalmente de corta duración y librada por pequeñas pero bien armadas y dirigidas expediciones, suponían un baldón de prestigio para reyes y gobernantes en tanto en cuanto suponían un encumbramiento de la metrópoli en la escena internacional y un factor a tener en cuenta a la hora de establecerse tratados, concertar alianzas o poseer prevalencia en casos de disputas fronterizas o comerciales.

España no fue una excepción a pesar de que la primera mitad del siglo XIX había sido desastrosa para el país, que se había visto hollado por las tropas de Napoleón Bonaparte, despojado de sus colonias americanas, abocado a una desastrosa guerra civil (la Primera Carlista) y lastrado por el pleito entre conservadores y liberales que llevó aparejada, como consecuencia más grave, la carencia de una política exterior unificada y coherente que pasaría factura en la crisis de 1898.

Mas,sin embargo, las intervenciones exteriores de España estarían mediatizadas tanto por su debilidad militar, industrial y financiera como por el poderío creciente de la vecina Francia y de una Gran Bretaña que dominaba los mares y poseía intereses peligrosamente cercanos a la propia España, que tal era el caso más palmario de Gibraltar.

Mas la ascendencia del II Imperio francés sobre Madrid hizo que la primera intervención aventurera de la España isabelina coincidiese con los designios expansionistas de un Napoleón III que soñaba con revivir los pasados esplendores de su inmortal tío. En esta ocasión, el emperador francés había puesto sus ojos en el Extremo Oriente. En una época en la que las grandes potencias occidentales se hacían con concesiones comerciales en China, no parecía descabellado hacerse con el control directo de territorios colindantes que sirviesen como base de apoyo y penetración en el coloso chino.

Así, con el pretexto del ataque a unos misioneros en Cochinchina, territorio dependiente del Reino de Annam, vasallo a su vez del Imperio Chino, Francia demandó el apoyo español toda vez que las islas Filipinas se encontraban muy cerca de la península de Indochina y serviría como base logística para lanzar la expedición. Además, el hecho de que misioneros españoles hubiesen sido asesinados sirvió para que la empresa gozase de apoyo popular.
La participación española en esta empresa, que se extendió durante cinco años (1857-1862), deparó unos resultados muy parcos a Madrid pues lo que se veía como una magnífica oportunidad de expandir la influencia española al continente asiático, amén de una puerta abierta al inmenso mercado chino, se convirtió en una serie de vagas asignaciones de derechos comerciales que en poco o en nada compensaban el apoyo militar y logístico prestado a Francia. Tan solo quedó en el imaginario popular aquella castiza expresión de "estar en la Cochinchina" para referirse a alguien que se ha marchado muy lejos.

Leopoldo O'Donnell
Más suerte hubo en la llamada Guerra de África (1859-1860). En este caso los continuos ataques a las ciudades españolas de Ceuta y Melilla indujeron al jefe del gobierno, general Leopoldo O'Donnell, una satisfacción por parte de Marruecos. Como no se llevara a efecto se declaró la guerra a Marruecos y se envió una fuerza expedicionaria que, pese a las carencias propias de una país atrasado y pobre, se alzó con el triunfo tras episodios como los Castillejos y Wad Ras y donde descollaría un joven general llamado Juan Prim.
Carga de los Húsares de la Princesa en Los Castillejos




Pero la victoria fue hurtada a la postre por Francia y Gran Bretaña pues lo que podía haberse convertido en el primer paso de la penetración española en el Norte de África, y la posterior creación de un hinterland en la región no gustaron nada en Londres y en París por razones obvias: para los británicos porque aquello supondría la presencia de una potencia europea, menor pero susceptible de caer bajo la influencia de otra mayor (Francia con seguridad), en la orilla meridional del estrecho, lo que anularía la privilegiada situación de Gibraltar. Por su parte, los franceses no querían oír hablar de competencia en aquella parte del mundo toda vez que su posición en Argelia se afianzaba por momentos. Hubo compensaciones económicas por parte del Sultán de Marruecos, sí, pero cualquier opción a incrementar las posesiones de Ceuta y Melilla fueron abortadas.

Benito Juárez

General Juan Prim
Una nueva ocasión de enviar tropas al exterior llegaría en 1861. Esta vez las cosas no pintaban mal pues España formaba parte de una coalición integrada por Francia y Gran Bretaña que reclamaba al gobierno mexicano el pago de la deuda exterior. Como México acababa de salir de una guerra civil entre conservadores y liberales (la Guerra de la Reforma), el presidente Benito Juárez se reafirmo en su decisión de suspender los pagos. La llegada de una escuadra aliada y el bombardeo de Veracruz, y posterior desembarco de una fuerza expedicionaria de la que formaba parte el ya célebre general Prim, forzaron a Juárez a reconsiderar su postura.

Napoleón III

Pero bien pronto quedó claro que Napoleón III, lejos de contentarse con una moratoria sobre la deuda mexicana buscaba penetrar en el país y convertirlo en un satélite del II Imperio francés. Esta vez predominó en Madrid el buen criterio retirándose las tropas españolas junto a las británicas y dejando a los franceses empeñados en una dura y costosa guerra de ocupación que, a la postre, degeneró en la creación de un Imperio Mexicano, estado títere de Francia, bajo la égida de Maximiliano de Habsburgo y con el apoyo de las tropas francesas del mariscal Bazaine. Pero esa es otra historia.

Maximiliano de Habsburgo, luego Maximiliano I de México

Mariscal Achille Bazaine


 Más curioso fue, empero, el episodio de la reanexión de Santo Domingo, posiblemente la primera y única ocasión en la Historia en la que una colonia emancipada accede a volver bajo la égida de la antigua metrópoli.  El temor de los dominicanos a su vecino Haití, que ya había ocupado el país durante dos décadas, indujo al presidente Pedro Santana a acogerse al protectorado de alguna potencia externa. Por una carambola histórica, con los Estados Unidos al borde la Guerra Civil, una Gran Bretaña indiferente a la suerte de una región que no le interesaba y con Francia empeñada ya en su aventura mexicana, una vaga declaración de Santana fue interpretada por Madrid como el deseo de una nación de reintegrarse a la Madre Patria.
La experiencia, que implicó la participación de 25000 soldados españoles, duró entre 1861 y 1865. La hostilidad de la población, amén de las protestas de países como Perú, que veían aquí el primer paso de una reocupación europea de la América Hispana, por más que este episodio quedase eclipsado por la invasión francesa de México, dieron al traste con esta, en apariencia, fácil componenda de recuperar parte del perdido imperio ultramarino.
Bombardeo de Valparaíso
Méndez Núñez
La última aventura internacional de la era isabelina sería la conocida como Guerra del Pacífico. Una serie de despropósitos derivados de la agresión a los trabajadores españoles de una hacienda peruana implicó que  una expedición naval española al mando de Casto Méndez Núñez, que se hallaba en la zona en  misión científica, interviniese. En una época en la que el Honor suplía con demasiada frecuencia al pragmatismo, lo que fue un incidente menor degeneró en una breve guerra (1865-1866) librada fundamentalmente en el mar que enfrentó a España con una coalición integrada por Chile, Perú, Bolivia y Ecuador. Episodios como el bombardeo de Valparaíso o el glorioso combate de El Callao jalonaron aquél breve conflicto. El último de una época.

Dos años después del fin de la guerra del Pacífico, una revolución depondría a Isabel II, Pero esa es otra historia.




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